Lluís Masgrau
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Los teatros
clásicos orientales conforman un patrimonio cultural y escénico que pese a
provenir de épocas muy lejanas se ha transmitido orgánicamente durante siglos, y
en la actualidad todavía constituye una parte muy importante del ecosistema
escénico oriental. He dicho una parte y se trata, de entrada, de una precisión
importante. En Oriente, además del teatro clásico, existen una gran cantidad de
formas escénicas como las tradiciones modernas (el Butoh, originado en Japón
después de la Segunda Guerra Mundial), la representación de los textos
dramáticos de la tradición occidental, y toda la gama de posibilidades que ofrece
una vida teatral viva y en constante movimiento.
El conjunto
de lo que desde Occidente llamamos los teatros clásicos orientales está integrado
por una serie de tradiciones independientes. Cada una de estas tradiciones constituye
una realidad en sí misma perfectamente estructurada en la que se mezclan aspectos
antropológicos, culturales, religiosos, estéticos y técnicos que, a su vez, se proyectan
en los distintos elementos propios de la práctica teatral: los textos, la música,
la concepción del espacio, el trabajo del actor, el vestuario y los accesorios,
la pedagogía, etc. En el presente artículo me centraré en uno de estos
elementos: la técnica del actor.
Los teatros
clásicos orientales presentan una acumulación de saber actoral muy importante. Cada
tradición ha establecido su propio modelo de actor, consistente en un entramado
de reglas técnicas muy específicas, una determinada visión estética, unas estrategias
pedagógicas concretas, y, en definitiva, una calidad expresiva muy singular, fácilmente
identificable en cada caso. Respecto a las formas, estos modelos actorales pueden
llegar a ser, y de hecho lo son, muy divergentes. Un actor de teatro Noh y un
actor de teatro balinés, pongamos por caso, tienen a nivel formal tan poco en
común como un actor stanislavskiano y un actor grotowskiano. No obstante, bajo
estas diferencias formales existe una lógica técnica con una base común que
responde al modelo genérico del actor codificado como, por ejemplo, el mimo o
muchas de las tradiciones que integran el mundo de la danza. De todas formas,
esta es una cuestión que excede los límites de mi artículo, centrado en los teatros
clásicos orientales.
La principal
característica del actor codificado oriental es que no inventa ninguna de las
acciones físicas y vocales de sus personajes. Su actividad artística se produce
sobre la base de unas partituras físicas y, si procede, vocales, codificadas
por la tradición. Estas partituras, extraordinariamente detalladas y exigentes,
no están anotadas en ningún documento. Grabadas en el cuerpo- mente de cada
actor por la tradición, son transmitidas así de generación en generación gracias
al vínculo entre un gurú y sus discípulos.1 La premisa fundamental
del trabajo creativo de estos actores es respetar escrupulosamente la
partitura. Desde la óptica del teatro occidental puede resultar sorprendente,
porque en Occidente gran parte de la actividad creativa del actor consiste precisamente
en inventar las acciones físicas y vocales de sus personajes. En el teatro
clásico occidental lo codificado es el texto, pero, en cambio, si se imponen
unas acciones físicas y vocales a un actor occidental en un drama de
Shakespeare, este puede tener fácilmente la sensación de que se está
conculcando o, en todo caso, limitando su libertad creativa. De todos modos, la
lógica creativa de los actores clásicos orientales es mucho más comprensible si
la comparamos con lo que ocurre en Occidente con la danza o la música clásica.
Un concertista de piano o un cantante de ópera, pongamos por caso, trabajan
sobre la base de unas partituras musicales que deben respetar al detalle
obligatoriamente. Y, como sucede en estos casos, en los teatros clásicos orientales
alterar la forma externa de la partitura es, en principio, un síntoma de impericia
profesional inaceptable.2 La creatividad de los actores codificados
se desempeña interpretando una partitura establecida, es decir,
personalizándola a través de microvariaciones, del fraseo, de los registros y
colores energéticos que son capaces de inyectarle.
La dinámica
creativa implícita en el hecho de interpretar una partitura establecida la
encontramos formulada en algunas lenguas de trabajo. Así, por ejemplo, en el
teatro clásico japonés (tanto en el Noh como en el Kabuki) se habla de shu-ha-ri.
El shu indica el primer estadio del trabajo: aprender la partitura con toda su
riqueza de detalles. El segundo estadio, el ha, indica cuando el actor puede
moverse espontáneamente dentro de los límites de la partitura aprendida. El
tercer estadio, el ri, indica el punto de llegada del trabajo: el momento en
que el actor se distancia de la partitura y por tanto está en condiciones de
modelarla.
El hecho de
poseer un repertorio muy extenso de partituras fi jadas por la tradición hace
que el trabajo de los actores clásicos orientales tenga una base artesanal muy sólida.
Son actores capaces de crear en décimas de segundo una presencia escénica de muy
notable calidad. Los ciclos de aprendizaje están perfectamente establecidos en
el contexto de cada tradición. Suelen iniciarse en edad preadolescente y duran
bastante más que los ciclos de aprendizaje usuales de las escuelas de teatro
occidentales. Se trata de aprendizajes muy duros que –como en el ballet–
implican cierta deformación corporal para asumir el comportamiento
extracotidiano de cada tradición. Cuando Decroux hablaba del principio de la contrainte se refería
a esta deformación, necesaria para fabricar la expresividad del actor.
Otra
característica importante de los actores clásicos orientales es que su
horizonte artístico no establece ninguna diferencia entre el teatro y la danza,
por lo cual sería más exacto hablar de actores-bailarines. Las partituras de
los actores-bailarines orientales pueden ser calificadas indistintamente como
teatro o danza. Ambas realidades aparecen superpuestas de forma inseparable en
una única manifestación escénica. La complejidad narrativa de los espectáculos se
produce sobre un fondo de danza muy visible, por lo que podríamos hablar de un
teatro que danza.
La
civilización occidental de los tres últimos siglos ha tendido a pensar el
teatro y la danza como dos géneros escénicos. Pero hay otra manera de pensar la
danza: como un estrato primario, profundo, en ocasiones oculto, de cualquier
presencia escénica. Pensada de esta forma, la danza supera la contraposición de
las tradiciones codificadas orientales con las occidentales. La encontramos también
en todas las tradiciones no codificadas occidentales. El sustrato de la danza
es muy visible, por ejemplo, en el actor biomecánico de Meyerhold o en el modelo
de actor creado por el Odin Teatret. También es visible, si bien de una forma más
sutil, en el actor de Grotowski. Y también está presente, aunque frecuentemente
de una forma no del todo visible para el espectador (no obstante perceptible a
través de los efectos producidos sobre su sensibilidad), en el actor
stanislavskiano mediante el juego de los impulsos y las microacciones. Copeau
afirmaba que el drama es en esencia una danza. El modelado de la energía
consubstancial a cualquier forma de interpretación actoral implica un fondo de
danza que puede ser codificado o no, más o menos visible para el espectador,
más explícito o más asimilado, y que se puede producir acompañado de una música
o no (Barba, 1996). En los teatros clásicos orientales la música es casi
permanente, lo que obliga a los actores-bailarines a ceñir y hacer dialogar sus
partituras físicas con las partituras musicales. Una de las grandes obsesiones de
Meyerhold fue acotar la actuación del actor con referencias musicales.
A menudo la
dramaturgia desarrollada por los actores-bailarines de los teatros clásicos asiáticos
no sigue una lógica narrativa lineal. La presencia escénica de estos actores se
fundamenta en una dramaturgia dinámica muy refinada y compleja. Es una dramaturgia
de impulsos y contraimpulsos, de tensiones orgánicas, una auténtica
arquitectura corporal en la que cada acción se desarrolla en el espacio
diseñando múltiples peripecias. La dramaturgia narrativa se desarrolla sobre la
base de esta dramaturgia dinámica a través de saltos y rupturas, yendo hacia
adelante y hacia atrás en el tiempo, alternando puntos de vista, pasando de la objetividad
a la subjetividad, de la tercera a la primera persona, de lo general a lo
particular. De este modo, las partituras de los actores desbordan con
frecuencia los límites del personaje. En algunas tradiciones el actor-bailarín
actúa como un cuentahistorias que encarna sucesivamente varios personajes, y no
sólo personajes humanos, sino también fantasmas, demonios, espíritus, animales,
fenómenos de la naturaleza u objetos. El cuerpo del actor ha sido preparado para
representar cualquier cosa (según Decroux, para escapar a la tautología de un cuerpo
humano condenado a representar un cuerpo humano). La dramaturgia del actor
clásico asiático implica un montaje refinado de puntos de vista, planos,
personajes y acontecimientos narrativos. A veces, el actor proporciona
simultáneamente informaciones que pertenecen a puntos de vista o planos
distintos. Por ejemplo, en varias danzas clásicas de la India el actorbailarín narra
la acción con las manos a través de los mudras (formas codificadas que tienen
un sentido preciso) y simultáneamente, con la cara, recrea las reacciones emocionales
de los distintos personajes. En la ópera china el actor-bailarín recrea las acciones
de su personaje con el cuerpo mientras con la cara realiza, a veces, una serie
de comentarios morales sobre lo que está representando.
Notas
1. En algunas tradiciones, como la danza Odissi, las
partituras no están codificadas sino la gramática corporal del actor-bailarín.
En este caso, el actor-bailarín coreografía sus danzas con elementos
preestablecidos. Es decir, inventa la composición, pero no las acciones físicas
con las que trabaja.
2. Digo «en principio» porque a menudo se tiende a ver los
teatros clásicos orientales como formas y tradiciones inmutables, olvidando así
todas las vicisitudes y cambios que han sufrido a lo largo de los siglos. Estos
cambios, que han afectado también a las partituras del repertorio, son producto
de una evolución y no de rupturas como suele suceder en el teatro occidental,
donde los idearios artísticos tienden a articularse como contrapropuestas a los
idearios inmediatamente precedentes. En los teatros clásicos orientales las
distintas aportaciones de cada época se producen en el marco de una tradición sólidamente
establecida. Así, la evolución de las formas es muy lenta y muchas veces
imperceptible desde la mirada occidental (Savarese 2006,Introducción).

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