Fuente. La Jornada del campo no.83
Cuernos de venado, barbas de cola de caballo y orejas a semejanza de
burro conforman las máscaras de madera o cartón de la Danza de los
Diablos, danza característica de los afrodescendientes de la “Costa Chica”
de Guerrero y de Oaxaca, expresión cultural de un pueblo históricamente silenciado.
Los diablos danzantes salen a recorrer
las calles acompañados de una armónica, una quijada de burro y un guaje. Sus
pasos fuertes y violentos están al mando del Tenango o Diablo Mayor. La Minga,
esposa del diablo, mueve la cadera de un lado a otro seduciendo a su paso al
Tenango y al público alrededor.
La vestimenta de los diablos muchas veces aparece rasgada, rota, con
bordes y flecos, y otras lleva chaparreras y paliacate rojo. El Tenango se
distingue por ser su máscara más grande, llevar un fuete y chaparreras. La
Minga tiene mascara de mujer, falda, porta zapatillas y peluca. El Diablo Mayor
grita “¡Ruja!”, el zapateado comienza, los diablos miran al piso y responden
con un “¡Ruja!” para no ser maltratados por el fuete del Tenango.
Con esa energía que caracteriza a los danzantes afrodescendientes se
conmemora a sus antepasados africanos que vivieron en situación de esclavos. Hace
500 años fueron trasladados contra su voluntad, despojados de sus territorios y
llevados hacia nuevas tierras. Traían consigo cosmovisiones, bailes, cantos,
vestimentas, ceremonias religiosas y medicina tradicional que poco a poco se fueron
transformando en un nuevo tejido social por medio del trato cotidiano con las
diferentes poblaciones que habitaban la región.
Los africanos y afrodescendientes
contribuyeron con su trabajo a la economía, a la sociedad y a la cultura que
actualmente conforma la identidad mexicana. Sin embargo, por diversas razones,
la historia de mujeres y hombres de origen africano ha sido ignorada. Ejemplo
de ello fueron y continúan siendo el uso del concepto “raza” y los prejuicios
que a su vez trae la distinción entre culturas inferiores y superiores. Los
afrodescendientes de México han sido silenciados e invisibilizados frente a un
proyecto de desarrollo y progreso bajo el ideal de nación basado en el
mestizaje entre españoles e indígenas, dejando fuera a distintos pueblos.
Los afrodescendientes,
principalmente de la “Costa Chica” de Guerrero y de Oaxaca, reclaman su
presencia en la historia mexicana. Una de sus formas de reivindicación se
expresa en la Danza de los Diablos, con la que rememoran a los
olvidados, no sólo en Todos Santos y Día de Muertos, el 1 y 2 de noviembre, sino
en eventos cuyo objetivo es el reconocimiento de los pueblos afromexicanos, término
utilizado por algunos movimientos y colectivos como inscripción en la historia
nacional, destacando la pertenencia a la diversidad cultural constitutiva del
pueblo mexicano.
Es esta danza una tradición que ha pasado de generación en generación.
Distintas versiones remiten a la llegada de los españoles, y con ellos a los
africanos esclavos que trabajaban día y noche en la pesca y el ganado. Al paso
del tiempo se les permitió danzar en sus ratos libres, mas lo hacían con
máscaras para no ser identificados. La Minga saca a bailar al capataz español como
expresión de burla por su incapacidad para zapatear. Son diablos porque se
encomiendan al espíritu del Dios Negro Ruja, quien es visto como el Diablo, figura
con gran presencia en la cultura afrodescendiente.
Y si bien múltiples variantes coexisten
sobre el origen de la Danza de los Diablos, del significado del Diablo y
de la Minga, éstas no las reducen a expresiones lúdica, sino a una forma de
resistencia y rebelión frente a los desfavorables momentos que han vivido a lo
largo de su andar. La discriminación, exclusión y segregación, tanto por rasgos
fenotípicos como por prácticas culturales, son actitudes y valores que no se
restringen a las personas, sino también a instituciones, debido a una ideología
errónea que niega la marginalidad económica y social que hoy día sufren las
comunidades y pueblos indígenas y afrodescendientes.
Es la danza uno de los medios culturales
por el cual los afrodescendientes demandan un lugar en la agenda nacional, que
como dice el corrido “el baile nos regocija, pues olvidamos tristezas, con las
danzas de los diablos (…) y los ritos africanos nos reclaman con la artesa”.


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