Danza y nutrición, parte 1



Lic. en Nutrición Aída Payad

El ejercicio implica una mayor demanda de energía por parte de todos los componentes  de organismo. Esta premisa debe tomarse en cuenta para evitar disminuciones de peso excesivas, estados carenciales o deficiencias nutricionales. Muchos individuos que se ejercitan o bailan tienden a controlar rígidamente su entrenamiento, su dieta y sus condiciones de salud para mejorar su rendimiento y su desempeño.

El bailarín, como todo el que se ejercita disciplinadamente, desarrolla una conciencia detallada de su cuerpo, que a veces se traduce en una compulsión por entre­nar o practicar y que deriva en un restringido consumo energé­tico. Para algunos deportistas, por ejemplo, la vida media de su deporte es relativamente corta o, bien, las demandas de su perfeccionamiento físico son tales, que se presionan a entre­nar de una forma excesiva. Más aún, la danza demanda un porcentaje de elasticidad muy alto en contraste con un porcen­taje de grasa corporal muy bajo, con límites estrictos del peso corporal, por lo que se tiende a acentuar el desequilibrio entre ingestión y consumo calóricos. No hay recomendaciones o lineamientos "mágicos" para tales atletas. Se requiere una ase­soría especializada y si es necesario un apoyo nutricio periódi­co. Por eso, es prudente establecer una relación de confianza entre el danzante y el especialista en nutrición.

La danza es un ejercicio que condiciona al cuerpo a desarrollar fuerza y resistencia, a la par con flexibilidad y esti­ramiento. Los bailarines desarrollan sentido del ritmo, agilidad y equilibrio con mayor perfeccionamiento que muchos otros atletas. El bailarín aprende a controlar su cuerpo tornándose más sensible hacia él, como su reflejo y su instrumento.

No existe el cuerpo perfecto para la danza. A ese res­pecto, es más relevante el sentido del movimiento y la música, aunado a una buena percepción del ritmo y una buena coordi­nación que un arquetipo corporal. Existen diferencias anatómi­cas entre hombres y mujeres que hacen más fácil realizar cier­tos movimientos de acuerdo con el sexo. Los hombres tienen una mayor proporción de músculo y una estructura pélvica compacta con un torso más ancho, lo que aumenta su centro de gravedad, concentrando su peso en el torso. En contraste, las mujeres tienen un mayor contenido de grasa genéticamen­te determinado, y su pelvis es más ancha que el torso, lo que resulta en un centro de gravedad menor, que necesariamente mejora su balance y su equilibrio. Además, las mujeres tienen huesos más ligeros y articulaciones más relajadas, lo que les confiere mayor flexibilidad.

Es pertinente mencionar que un menor porcentaje de grasa incluye ventajas físicas y mecánicas para los bailarines, porque aumenta su cociente de fuerza sobre peso. Esto quiere decir que con tal proporción se disminuye la carga "inútil" que el atleta debe soportar. Además, le brinda un efecto estético y físico notable. Así, es frecuente observar que los bailarines se presionan constantemente para mantener su porcentaje equili­brado de grasa y peso, que los pone en riesgo de tener reque­rimientos nutricionales por debajo de lo recomendado, aún en condiciones de ejercicio constante. El cuadro 1 muestra los porcentajes de grasa corporal promedio en va­rios grupos de atletas como un criterio compa­rativo.



La lucha por disminuir los porcentajes de grasa corporal y el peso puede llevar a una restricción considerable de energía, un exceso de entrenamiento y a diversos trastornos de la alimentación. Comparativamente, un nivel de grasa por debajo de lo normal recomendado puede ocasionar la pérdida desigual de calor corporal y una menor protección de los órganos sometidos a ejercicio constante.

En general, se ha documentado que las mujeres atle­tas que luchan por conservar un nivel de grasa por debajo de lo recomendado para su deporte sufren trastornos menstruales importantes, como alteraciones del ciclo (oligoproiomenorrea) o suspensión de la regla (amenorrea). En las bailarinas de ba­llet, ya de por sí sujetas a una composición corporal bastante magra, se observa un aumento notorio de la disfunción hor­monal y trastornos variados de la alimentación similares a los hábitos de enfermos con anorexia. Además, diversos estudios han dado cuenta de un menor peso corporal en adolescentes que bailan en relación con sus compañeras no bailarinas de la misma edad.

Mantener un porcentaje de grasa corporal de al me­nos 17% se considera crítico para que ocurra el inicio de la menstruación (menarca), mientras que lo que se estima ópti­mo para mantener una función menstrual regular es de 13 a 17%. Éste no es un porcentaje rígido, debido a que algunas atletas con índices de grasa corporal inferiores al 17% no su­fren ninguna alteración y tienen un buen desempeño deporti­vo. Por lo tanto, no sólo el nivel de grasa corporal afecta el comportamiento hormonal. Una nutrición inadecuada y un dé­ficit de energía inducido por un ejercicio intenso -no compensa do por una ingestión calórica adecuada- puede conducir a disfunción glandular, su­mada a condicionantes genéticas y ambien­tales que rodean la vida del bailarín. Por ejemplo, se ha reportado que cuando se lesiona una bailarina y, por ello deja de entrenar intensamente, la menstruación se recupera, aun sin recuperar su peso.


Las actividades que implican un entrenamiento muy intenso, estrés emocional y ejercicio extenuante desde edades tempranas (antes de la menarca), suelen relacionarse con tras­tornos menstruales. Es importante mencionar que, en lo gene­ral, la pérdida o irregularidad de la menstruación en muchas bailarinas aumenta el riesgo de pérdida de hueso (y conse­cuentemente, de osteoporosis temprana), así como la incidencia de lesiones musculoesqueléticas.


SHARE

Danza-Revista MX

Revista virtual de promoción y difusión de danza y artes escénicas

  • Image
  • Image
  • Image
  • Image
  • Image
    Blogger Comment
    Facebook Comment

0 comentarios:

Publicar un comentario