La danza folclórica en México ha respondido a las políticas
culturales diseñadas por un Estado autodenominado “nacionalista” que ha fincado
su discurso en el concepto de identidad nacional. Bajo este concepto, la cultura
hegemónica ha impuesto formas dancísticas que desde su posición muestran “lo
mexicano” como una característica per se de todos los habitantes de nuestro
territorio sin importar las diferencias culturales específicas de cada grupo
social.
Con esta perspectiva, desde principios de los años 20’s de
la pasada centuria distintos bailes y danzas tradicionales han sido re-creados
escénicamente, aunque es desafortunado que en la mayoría de los casos han resultado
versiones descontextualizadas, donde se deja fuera el componente social que las
origina y les da sentido. Es decir, se pone en escena una versión estilizada o
“arreglada” que dice estar inspirada en las tradiciones mexicanas, pero se
olvidan de las personas como sujetos históricos y sociales que la producen.
Así, las versiones escénicas de las danzas tradicionales
–generalmente de origen rural y asociadas a procesos religiosos– y los bailes
–de carácter festivo social– de diversas poblaciones o regiones de México se
extraen de sus contextos originales con supuestos objetivos educativos y
culturales, pero con resultados que distan mucho de ellos. Poco tienen qué
decir, en relación con la realidad sociocultural, los llamados grupos de proyección
folclórica, llámense ballet folclórico o compañías de danza folclórica
mexicana.
Un breve recorrido por la historia escénica de la danza folclórica
mexicana nos lleva de la interpretación del Jarabe por Anna Pavlova, ejecutado
en “puntas” de ballet; a las recopilaciones y reinterpretaciones dancísticas de
los misioneros culturales de la época vasconcelista, y a la versión dancística
de México para consumo turístico, mostrado por el Ballet Folklórico de México.
Esta situación pasa también por el aprendizaje de las danzas y bailes en los
festivales artísticos de educación básica –desde preescolar hasta la
secundaria–. En todos esos pasajes se pierde el sentido y el contexto en que se
produce la danza, o mejor dicho, se pierde el contexto y el sentido en que los
hombres y las mujeres de México producen la danza.
Con estas pérdidas, sólo quedan en escena el estereotipo, la
generalización, la sonrisa y la visión colorida del movimiento. Con el
argumento estético de que el arte es “la belleza”, se ocultan la pobreza, la
falta de educación y las desigualdades sociales.
El mensaje es claro: atendiendo al discurso de identidad
nacional promovido por los gobiernos posrevolucionarios, la escena artística idealiza
“lo mexicano”, y promueve la pertenencia: “nuestras” tradiciones, “nuestras”
danzas y “nuestros” indígenas.
Siguiendo la lógica de tal discurso, sería interesante
preguntarse, por ejemplo, ¿qué será de los rituales (dancísticos) vinculados al
maíz, cuando los transgénicos los desplacen?
Dadas las lógicas políticas y económicas que se están
imponiendo en el país, quizá sea tiempo de imaginar nuevas tradiciones y con
ellas nuevas danzas y bailes, que a partir de las prácticas tradicionales y
populares podrían ponerse en escena. La danza de los transgénicos podría ser
una de ellas. Claro, habría que sumar, muchas otras, las suficientes para
constituir un repertorio capaz de sostener un programa artístico completo en el
Teatro de Bellas Artes, o al menos en los próximos festivales escolares. ¿Será
éste el perfil de nuestra identidad nacional en el nuevo nacionalismo mexicano?
FUENTE: La Jornada del campo Número 83
FUENTE: La Jornada del campo Número 83



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