2. Cómo aprender a trascenderse danzando:
Se ha llegado a considerar el Así habló Zarahtustra como ‘una revolución en el arte de la comunicación humana’. Y entre esos elementos nuevos de comunicación que introduce, la danza ocupa un lugar preferente. Podemos decir que el tema de la danza alcanza su punto más álgido, cuando Nietzsche trata de revelarnos el mensaje de Zaratustra. Éste, ante todo, enseña la glorificación del cuerpo y de la apariencia, como síntoma de la preeminencia de una filosofía del arte sobre el pensador metafísico. Su lema es que todo cuerpo sea danzarín y que todo espíritu se convierta en .pájaro.. El cuerpo tiene su lenguaje, nos habla, y en cuanto tal, el hombre debe estar .atento’ a lo que le dice e insinúa. ¿Pero qué es lo que habla el cuerpo? Lo que habla el cuerpo es el ‘sentido de la tierra’. El bailarín no tiene el oído en las orejas. Sus músculos oyen el sentir del mundo mediante melodías que hacen contraer y distender sus articulaciones mediante gestos. Todo su cuerpo está atento al desplegarse del melos para articularlo en ritmos que hablan otro lenguaje. - Mis talones se irguieron, (dice Zarathustra) - los dedos de mis pies escuchaban para comprenderte. Lleva, en efecto, quien baila sus oídos ¡en los dedos de sus pies! -.
Mediante la danza la gran razón que es el cuerpo ‘hace’ el yo, no es por lo tanto el yo el que constituye la realidad. Detrás del pensamiento, de las palabras y de los sentimientos está la sabiduría del cuerpo, el ‘sí-mismo’ (Selbst), que es la fuerza incesante que obedece a una razón oculta. Pero lo que realmente quiere el cuerpo es ‘crear por encima de sí’“ y lo hace danzando, y el que no es capaz de esto se enoja y se rebela contra la vida y el sentido de la tierra. El arte de la danza nos enseña también a suspender la ‘pequeña razón’ del ego en orden a seguir los movimientos del cuerpo, la ‘gran razón’ del yo que conduce, finalmente, a una relación intuitiva y mística con el mundo de la voluntad de poder. En otras palabras, moverse al ritmo de danza conduce a la más alta posibilidad de moverse en armonía con la voluntad de poder, que se comprende como la energía rítmica que subyace a todo movimiento y el eterno retorno es también figurado en la imagen de la danza. Zarathustra lo expresa claramente: - sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas- , - sin la danza - añade -, no hay para mí ni alivio ni felicidad-.
Una de las connotaciones más sugerentes que encuentra Nietzsche en la simbología de la danza es la posibilidad del hombre de trascenderse o de superarse. La profundidad de Zarathustra está en ‘arrojarse’ a las alturas del cielo, porque el bailarín quiere estar ‘sobre cada cosa como su cielo propio, como su techo redondo, su campana azul’, quiere estar allí donde bailan los ‘azares divinos’, en el ‘cielo Azar’, allí donde ya no hay ninguna servidumbre a la finalidad. Él enseña a ver la sabiduría que hay en las cosas, esa pequeña sabiduría y seguridad que no es otra que la de ‘bailar sobre los pies del azar’, subir por encima de las propias cabezas y por encima del corazón, porque es necesario apartar la mirada de sí a fin de ver otras cosas. Él mismo, en un acto de osadía supremo, quiso ver ‘el fondo y el trasfondo de todas las cosas’, y por ello tuvo que subir por encima de sí mismo: ‘¡arriba, cada vez más alto, hasta que incluso tus estrellas las veas por debajo de ti!’. Y es que en lo alto, donde nada es ya pesado, donde los pensamientos son puros, allí todo devenir no es más que danza. Ese trascenderse o superarse a sí mismo que Nietzsche explica por esa metáfora de la danza tampoco olvida la realidad de lo profundo. Contemplar el horror de lo profundo, la dureza de la existencia, para luego tender sobre ella la ilusión que crea el arte, es como ‘bailar encadenado’, es decir “hacerse pesado y luego extender por encima la ilusión de la ligereza, esa es la obra de arte que nos quieren mostrar’.
La danza para Zarathustra, como expresión artística, simboliza también la mediación entre dos esferas que se contraponen. Después de haber dejado el país de los sabios, afirmaba: ‘no es más que danzando como yo se leer los símbolos de las cosas más altas’, pues la danza actúa como mediación entre lo visible y lo invisible, es la que reconcilia las fuerzas animales y las fuerzas espirituales. Lo propio de la danza es el equilibrio entre la tierra y el cielo, lo profundo y la altura, siempre amenazado y siempre reconquistado, y también lo propio de la vida. ‘Caminar sobre toda cuerda, bailar sobre toda posibilidad: tener su genio en los pies’. Así pues, la danza reconcilia el cielo y la tierra, reconcilia todos los mundos: el bailarín, ligero como el viento, es libre, está más allá del bien y del mal, más allá de la verdad y la mentira, revolotea por encima de todas las cosas.
Esa imagen del bailarín que se eleva sobre la tierra, también reconcilia al filosofo y al poeta, al sabio y al artista, simbolizando simplemente lo viviente, pues no hay que olvidar que para Nietzsche el que danza reconoce la realidad con la ‘punta de su pie’, al mismo tiempo que dialoga con la tierra que le soporta y con el cielo que le atrae, expresando con su cuerpo y sus movimientos todo un homenaje a la vida. Y es que ¿acaso podría ser Zarathustra otra cosa que un danzarín? Y eso es lo que quiere Zarathustra, enseñar a los ‘hombres superiores”’a trascenderse, a que ‘se sirvan de sus piernas’ para que puedan danzar, y que así la tierra les sea más ligera. Hasta que el hombre no sepa danzar y reír, no podrá superarse a sí mismo, ni podrá religarse con el cosmos, ni podrá volar, ni acontecerá el superhombre. Pero para volar, antes hay que aprender a bailar. Quien quiera aprender alguna vez a volar, tiene que aprender a ‘tenerse en pie y a caminar y a correr y a saltar y a trepar y a bailar por encima de todas las cosas’. Esta es la enseñanza de Zarahtustra el bailarín, el ligero, el que ama los saltos y las piruetas, para todos aquellos hombres superiores que tienen todavía ‘pies y corazones pesados’. “
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