1. Música y danza: expresión estética de la alegría dionisíaca:
Es un hecho, que el hombre a lo largo de su historia ha danzado siempre para celebrar sus cambios y transformaciones. La danza estuvo asociada primero a ritos sagrados; era un medio de comunicación entre el hombre y sus dioses, una forma de veneración destinada a invocar la manifestación de poderes sobrenaturales, pero también estuvo vinculada con los ritos de fertilidad en los que se exaltaba la exuberancia de la vida. Una vez desacralizada, se convirtió en medio de expresión del espíritu del pueblo. Todavía los grandes acontecimientos de la vida diaria se celebran con el baile, como manifestación de la alegría y de la vida. Nietzsche fijó su mirada en la cultura griega y, sobre todo, en el origen de su obra de arte por antonomasia: la tragedia. En ella querían ver expresada la fuerza de la naturaleza, y la ven bajo la transformación del sátiro. El entusiasta dionisíaco se transforma en sátiro, y es como sátiro como ve a su dios, es decir, en su transformación se ve en una visión fuera de si. Para ello, el sátiro martillea la tierra con los pies, y así alcanza el cielo, es decir, celebrando su pertenencia a la naturaleza alcanza la esencia de la vida. Este era para Nietzsche el hombre dionisíaco, que transportado a otro mundo por su danza se transforma y transciende por encima de sí mismo. Pero estar fuera de sí no significa dejar este mundo, o perder el sentido de la tierra, sino al contrario, unirse a él en su esencia. El bailarín metamorfoseado adquiere todos los poderes. Al perder su identidad se une a la naturaleza, al Uno primordial y entra en otro mundo donde las contradicciones de la existencia se resuelven. Ahora sólo celebra la vida, danza en honor a Dionisios y es el mediador de un dios. Ha transformado la pesadez en ligereza, la embriaguez en éxtasis, se ha convertido en la misma imagen de Dionisios. Recordemos aquel pasaje tétrico de La visión y el enigma, cuando el pastor mordió y escupió la cabeza de la serpiente que se había deslizado en su garganta, y pudo por fin ‘reír’ y hablar; se puso de pie de un salto y ‘comenzó a danzar’ como la máxima expresión de la afirmación de la vida.
Los griegos sabían que la música debe hablar al cuerpo, que le responde danzando, dando alas a los pensamientos y al espíritu, como da alas al bailarín y lo entrena en sus movimientos. Es a la vez, por lo tanto, estimulante y liberación, hace al filósofo fecundo, como convierte al bailarín en inspirado. Nacida del pathos, debe abrazar las pasiones, viva o lenta. En una palabra, la música, como la danza, debe ser la expresión de la vida, de la fidelidad a la tierra tan querida de Zarathustra, porque es el ‘retorno a la naturaleza, a la santidad, a la alegría, a lo juvenil, a la verdadera virtud’. Así pues, la danza utiliza todo el cuerpo como vehículo de expresión y devuelve al concepto de música su dimensión corporal, su ámbito más originario. Esa especie lenguaje metasemántico comprende toda la ‘simbología del cuerpo’, la ‘mímica total de la danza que mueve rítmicamente todos los miembros, hace que todas las fuerzas simbólicas se desencadenen’. ‘Ahora la esencia de la naturaleza debe expresarse simbólicamente; es necesario un nuevo mundo de símbolos, por lo pronto el simbolismo corporal entero, no sólo el simbolismo de la boca, del rostro, de la palabra, sino el gesto pleno del baile, que mueve rítmicamente todos los miembros’. Por eso, el griego no ve en la danza un simple gesto, sino la forma más expresiva de decir ‘sí’ a la vida ¿Acaso se puede comprender mejor la vida, sino danzando?
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| Dionisio |
Esta vinculación de la danza y el baile con la vida está muy presente desde el principio en Nietzsche, ya que no son más que otra forma de decir la vida. Mediante la danza es la vida la que penetra en el cuerpo, provocando un estado de exaltación en el que el sujeto ya no es más artista, sino ‘una obra de arte’; por eso la mejor manera de comprender y experimentar la vida es danzando, escuchando los modos de decir del cuerpo. En la tragedia ática, - el coro ditirámbico (dice Nietzsche) es un coro de transformados, en lo que han quedado olvidados del todo su pasado civil, su posición social (...) Lo que está ante nosotros es una comunidad de actores inconscientes, que se ven unos a otros como transformados- . Así pues, danzar y bailar lleva consigo un transfigurarse, entrar en otro cuerpo sin cambiar de piel, es descubrir en sí otro yo, un yo que no obedece ya a la razón sino a la vida solamente, un yo que se confunde con los árboles de la montaña o con las estrellas del cielo. Bailar es devenir movimiento y participar en el baile cósmico de los astros que se mueven en el universo, y por ello es acción, acto sagrado, por el que el hombre traspasa lo real. La danza a diferencia de la música, que puede arrebatar al que la escucha y transportarle a un mundo ideal, arrebata a aquel que la ejecuta, y es el éxtasis supremo, puesto que en ella participa todo el cuerpo y no solamente nuestros sentidos. Aquel que no danza, que no siente los ritmos acompasados de su cuerpo, no se siente vivo. Esto explica por qué para Nietzsche todo arte debe nacer del amor a la vida, de la alegría, de la ‘sobreabundancia’, no debe nacer del hambre, ni del deseo de venganza. Todo lo que asciende hacia lo alto, como el bailarín, es para encontrar la alegría. Pero la alegría, fundamentalmente, es la alegría de vivir, y bailar es vivir su alegría. La canción del baile de Zarathustra es, por eso mismo, un nuevo himno a la vida, un canto contra el espíritu de la pesadez que es el ‘señor del mundo’. Como una serpiente, la vida corre entre los dedos y es precisa la agilidad de un bailarín para seguirla sobre sus caminos tortuosos. El pie aprende antes que el espíritu. Así pues, la danza repite la óptica dionisíaca de la vida, que destruye sus creaciones en el juego incesante de las metamorfosis. Dionisios es el dios que sube y baja, el dios errante. - Ahora soy ligero, (dice Zarathustra) ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí- , pues en lo – dionisíaco - se expresa -una superación de la persona, de lo cotidiano, de la sociedad, de la realidad, como un abismo del olvido, algo que se infla dolorosamente, pasionalmente (...), un sí extasiado (...), una gran simpatía panteísta en la alegría y en el dolor -.


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