Historia de la señorita Grano de Polvo bailarina del Sol
Era una mañana a fines del mes de
abril. El buen tiempo en delirio, contrastaba irónicamente con un pobre trabajo
de escribanillo que tenía yo entre manos aquel día. De pronto como levantara la
cabeza vi a Jimmy, mi muñeco de fieltro que se balanceaba sentado frente a mí,
apoyando la espalda en la columna de la lámpara. La pantalla parecía servirle
de parasol. No me veía y su mirada, una mirada que yo no le conocía estaba fija
con extraña atención en un rayo de sol que atravesaba la pieza.
-No tengo motivos
para esconderte nada -replicó-. Pero por otro lado, nada puedes hacer ¡ay! por
mí; y suspiró en forma que me destrozó el corazón.
Tomó cierto tiempo.
Dio media vuelta a las dos arandelas de fieltro blanco que rodean sus pupilas
negras y que son el alma de su expresión. Pasó ésta al punto de la atención
íntima, al ensueño melancólico. Y me habló así:
-Sí, pienso en el
pasado. Pienso siempre en el pasado. Pero hoy especialmente, esta primavera
tibia e insinuante reanima mi recuerdo. En cuanto al rayo de sol quien, clava a
tus pies, fíjate bien, la alfombra que transfigura, este rayo de sol se parece
tanto a aquel otro en el cual encontré por primera vez a... ¡Ah! ¡siento que
necesitarás suplir con tu complacencia la pobreza de mis palabras!
-Imagínate la
criatura más rubia, más argentinada, más locamente etérea que haya nunca
danzado por sobre las miserias de la vida. Apareció y, mi ensueño se armonizó
al instante con su presencia milagrosa. ¡Qué encanto! Bajaba por el rayo de
sol, hollando con su presencia deslumbrante aquel camino de claridad que
acababa de recordármela. Suspiros imperceptibles a nuestro burdo tacto animaban
a su alrededor un pueblo de seres semejantes a ella, pero sin su gracia
soberana ni su atractivo fulminante. Retozaba ella con todos un instante, se
enlazaba en sus corros, se escapaba hábil por un intersticio, evitaba de un
brinco el torpe abrazo del monstruo-mosquito ebrio y pesado como una fiera...
mientras que un balanceo insensible y dulce la iba atrayendo hacia mí-. Dios
mío ¡qué linda era!
-Como rostro no
tenía ninguno propiamente hablando. Te diré que en realidad no poseía una forma
precisa. Pero tomaba del sol con vertiginosa rapidez todos los rostros que yo
hubiese podido soñar y que eran precisamente los mismos con que soñaba cuando
pensaba en el amor. Su sonrisa en vez de limitarse a los pliegues de la boca se
extendía por sobre todos sus movimientos. Así, aparecía, tan pronto rubia como
el reflejo de un cobre, tan pronto pálida y gris como la luz del crepúsculo, ya
oscura y misteriosa como la noche. Era a la vez suave como el terciopelo, loca
como la arena en el viento, pérfida como el ápice de espuma al borde de una ola
que se rompe. Era mil y mil cosas más rápido que mis palabras no lograban
seguir sus metamorfosis.
-Quedé larguísimo
rato mirándola invadido por una especie de estupor sagrado... De pronto se me
escapó un grito... La bailarina etérea iba a tocar el suelo. Todo mi ser
protestó ante la ignominia de semejante encuentro, y me precipité.
-Mi movimiento
brusco produjo extrema perturbación en el mundo del rayo de sol y muchos de los
geniecillos se lanzaron, creo que por temor hacia las alturas. Pero mis ojos no
perdían de vista a mi amada. Inmóvil, conteniendo la respiración, la espiaba
con la mano extendida. ¡Ah divina alegría! La mayor y la última ya de mi vida.
En esa mano extendida había ella caído. Renuncio a detallarte mi estado de
espíritu. El corazón me latía en forma tan acelerada que en mi mano temblorosa,
mi dueña bailaba todavía. Era un vals lento y cadencioso de una coquetería
infinita.
-El amor, exclamó
ella, ¡Ah! y volvió a bailar pero de un modo impertinente. Me pareció que se
reía.
-Pero yo no tengo
nada de seria -replicó-. Soy la señorita Grano de Polvo, bailarina del Sol. Sé
demasiado que mi alcurnia no es de las más brillantes. Nací en una grieta del piso
y nunca he vuelto a mi madre. Cuando me dicen que es una modesta suela de
zapato, tengo que creerlo, pero nada me importa
puesto que soy ahora la bailarina del Sol. No puedes quererme. Si me quieres,
querrás también llevarme contigo y entonces ¿qué sería de mí? Prueba, quita tu
mano un instante y ponla fuera del rayo.
Le obedecí. Cuál
no fue mi decepción cuando en mi mano, reintegrada a la penumbra, contemplé una
cosita lamentable e informe, de un gris dudoso, toda ella inerte y achatada.
¡Tenía ganas de llorar!
-¡Ya ves! -dijo
ella-. Está ya hecha la experiencia. Sólo vivo para mi arte. Vuelve a ponerme
pronto en el rayo de sol.
Yo no sé qué me
invadió. Furioso, por el insulto, pero además por el temor de perder a mi
conquista, jugué mi vida entera en una decisión audaz. Será opaca, pero será
mía, «pensé». La cogí y la encerré dentro de mi cartera que coloqué sobre mi
corazón.
Aquí está desde
hace un año. Pero la alegría ha huido de mí. Esta hada que escondo, no me
atrevo ya a mirarla tan distinta la sé, de aquella visión que despertó mi amor.
Y sin embargo prefiero retenerla así que perderla de un todo al devolverle su
libertad.
Sin esperar mi
respuesta y porque no podía aguantar más su propio deseo, abrió la cartera y
sacó lo que se llamaba: «la momia de la señorita Grano de Polvo». Hice como si
la viera pero sólo por amabilidad, pues en el fondo, no veía absolutamente
nada. Hubo entre Jimmy y yo un momento de silencio penoso.
-Si quieres un
consejo -le dije al fin- te doy éste: dale la libertad a tu amiga. Aprovecha
ese rayo de sol. Aunque no dure más que dos horas serán dos horas de éxtasis.
Eso vale más que continuar el martirio en que vives.
-¿Lo crees de
veras? -interrogó él mirándome con ansiedad-. Dos horas. ¡Ah, qué tentaciones
siento! Sí, acabemos: ¡sea!
Así diciendo, sacó
de su cartera a la señorita Grano de Polvo y la volvió a colocar en el rayo.
Fue una resurrección maravillosa. Saliendo de su misterioso letargo la bailarinita
se lanzó loca, imponderable y como espiritual, idéntica a la descripción
entusiasta que me había hecho Jimmy. Comprendí al punto su pasión. Había que
verlo a él inmóvil, bocabierto ebrio de belleza. La voluptuosidad amarga del
sacrificio se unía a la alegría purísima de la contemplación. Y a decir verdad,
su rostro me parecía más bello que la danza del hada, puesto que estaba
iluminado de una nobleza moral extraña a la falaz bailarina.
De pronto, juntos, exhalamos un
grito. Un insecto enorme y estúpido, insecto grande como la cabeza de un
alfiler, al bostezar acababa de tragarse a la señorita Grano de Polvo.
El pobre Jimmy con
los ojos fijos consideraba la extensión de su deleite. Nos quedamos largo rato
silenciosos incapaces de hallar nada que pudiese expresar, yo mi remordimiento
y él su desesperación. No tuvo ni para mí, ni para la fatalidad siquiera una
palabra de reproche, pero vi muy bien cómo bajo el pretexto de levantar la
arandela de fieltro que gradúa la expresión de sus pupilas, se enjugó
furtivamente una lágrima.

0 comentarios:
Publicar un comentario