Luis Mendoza
San Francisco Xiquilpa Uanimba
Nombre colonial con el que se
fundó el ahora llamado Jiquilpan, se ubica en el occidente michoacano, cerca de
los límites con el estado de Jalisco, en la llamada Ciénega de Chapala y
“situado en las lomas que rodean un amplio valle que a fines del siglo XVI se
empleaba para el pastoreo de ganado mayor” (Martínez 2011). Se dice que la génesis de Jiquilpan
se ubica en 3 puntos: 1) la parte media de lo que hoy se conoce como el cerro
de San Francisco, 2) la loma de “Otero” y 3) la parte que hoy se conoce como
“campo de aviación”[1].
Hablando de población
Afrodescendiente, Gonzalo Aguirre Beltrán comenta que
Negros hubo en México desde el momento de la Conquista; su número creció cuando el imperialismo español estructuró la explotación de la colonia a base de una sociedad dividida en castas; decreció al advenimiento del híbrido libre que hizo incosteable la mano de obra esclavista y desapareció, por mestizaje, en el correr de la etapa independiente (Aguirre Beltrán: 1958)
De esta manera podemos remontar a
los primeros encuentros que tuvieron los pueblos prehispánicos tanto con los
españoles como con los africanos, venidos con ellos como esclavos. En cuanto al
estado de Michoacán podemos advertir también un rápido encuentro con africanos
pues “La presencia misma de un hombre de piel obscura en tierras michoacanas
data desde el primer contacto mismo, en 1523” (Ochoa: 2011). Encuentro que supuso el génesis de los viejos pueblos coloniales
michoacanos.
“Pueblo antiquísimo, Jiquilpan
estaba dividido para la administración doméstica en tres barrios: San Pedro,
Santiago y del Espíritu; Disponía de casas reales, cárcel, plaza y unas cuantas
calles a los cuatro vientos” (Ochoa: 2011. P 82). Cuando se habla del pueblo de
Jiquilpan viene a la memoria algunos personajes y hechos históricos para la
Nación, para Michoacán y para le región. Desde el General don Lázaro Cárdenas
Del Río hasta la batalla de La trasquila
han modelado de una u otra forma la historia del pueblo. Ha sido cuna de
grandes poetas, músicos, artistas, historiadores, cronistas y recordadores;
políticos, gobernadores y presidentes de la República. Sin embargo, pocas veces
se habla de los negros de Jiquilpan, personajes diluidos en la historia o
enmascarados por el mestizaje o la asimilación como indígenas, aunque algunos
de esos personajes admirados efectivamente tuvieron hondas raíces africanas.
Sobre la gente de piel canela, Álvaro Ochoa (2011) abre
ante nosotros un panorama amplio de la vida de Jiquilpan durante la Colonia, la
división en castas y el papel de los Negros y sus descendencias en la vida
social y cultural del pueblo:
A Jiquilpan, la Conquista española trajo y avecindó gente de tez canela. Según el padrón levantado en 1683, sumó 951 parroquianos en su cuenta (…) e indicó abarcar 87% de indios y el restante 13% de 49 caras pálidas, una veintena de mezcla europea-indígena, un cuarteto de negros, 43 mulatos, siete moriscos y un indio laborío” (p 84).
“Jiquilpan
era pues una variedad de grupos” (ibíd.) donde descansaba una minoría de Negros
y sus descendientes deseosos de integrarse a la vida comunitaria. Los indígenas
jiquilpenses sufrían constantemente el agravio de africanos y mulatos
provenientes de la hacienda de Guaracha que con los ganados que estos conducían
“hacían daños a sus sementeras” Por si fuera poco, “Miguel, un mulato caporal
de Guaracha” se robaba las mujeres de Jiquilpan. “El resultado fue el incremento
de las mezclas genéticas, los indígenas se convirtieron en mulatos en el pueblo
y los sudsaharianos de las haciendas se volvieron mulatos” (Martínez: 2011. p
46). Para 1778 la población “de color” en Jiquilpan se había duplicado (ibíd.)
mientras las relaciones entre castas estaban limitadas por la ley. Los
españoles y sus descendientes criollos buscaban el mínimo roce con otras clases
en aras de evitar cualquier “contaminación genética” y cualquier problema con
las autoridades.
Las
cofradías representaban un espacio de convivencia entre castas. Los españoles
podían ser “hermanos” cófrades de indígenas y afrodescendientes pero siempre
trataban de imponer su “categoría” y procuraban un trato de sumisión por parte
de las clases consideradas “inferiores”. En algunos pueblos los mulatos
pudieron prosperar y llevar una vida comunitaria teniendo padres y abuelos
tanto indígenas como africanos. Pudieron aprender la lengua indígena y también
las fábulas africanas, tener un trabajo en el pueblo e irse ganando un respeto
y una posición. “Se sintieron parte de la comunidad y ésta los aceptó cuando
acataron sus lineamientos y se comportaron solidarios con ella” (ibíd.), en
caso contrario “se convertían en indeseables y, denunciados ante las
autoridades” (ibíd. p 50).
Como
vemos, el mestizaje ayudó para que algunos Negros se asentaran en Jiquilpan,
sus descendientes se asumieron como indígenas pero se mantuvieron ligados de
alguna manera a sus raíces africanas mediante las danzas y sus elementos
rituales, como veremos más adelante.
Las cofradías en Jiquilpan
Las cofradías fueron el espacio
de legitimación del africano y sus descendientes en los pueblos, mediante el
ingreso y participación en éstas se fueron ganando un respeto y llegaron a
ocupar cargos importantes, incluso en los gobiernos de las repúblicas de
indios. Si bien, en el caso de Jiquilpan, existieron varias cofradías
segregadas étnicamente, poco a poco, ante los cambios en el contexto, fueron
transformándose en multiétnicas. Lo cual incrementó de alguna manera sus campos
de acción.
La
primera cofradía jiquilpense estaba dedicada a la Purísima Concepción de
Nuestra Señora, aunque no queda registro, se estima que fue fundada en el siglo
XVI y su finalidad principal era la de costear “una misa cada mes, y una para
cada una de las festividades de nuestra señora (Encarnación, Ascención,
Purificación, Natividad, Desposorios, Visitación, Expectación y Concepción)”
(Martínez: 2011. p 75). La cofradía de las Benditas Ánimas comenzó a funcionar
a finales del siglo XVII y, junto con la de la Concepción poseían 827 reses,
unas 2000 ovejas y 67 caballos (ibíd.). Fue ya a partir de estas fechas que las
cofradías jiquilpenses comenzaron a admitir a pobladores afrodescendientes.
Constancia de eso queda en la cofradía del Santísimo Sacramento, iniciada
también a finales del siglo XVII, en ella “fueron electos: como mayordomo don
Francisco Carriedo (obviamente un español), los diputados Anttonio de Ordas,
Luis Bauptista y Melchor de los Reies, todos mulatos” (ibíd. p 78)
Como hemos apuntado, para los
africanos venidos a los pueblos michoacanos y, en específico a Jiquilpan, la
cofradía se convirtió en el medio de aceptación en el entorno comunitario,
mayormente indígena, y fue el contexto de su mestizaje. El trabajo en la cofradía
permitía a los africanos y sus descendientes generarse un respeto frente a la
comunidad y poco a poco lograr ciertos puestos importantes, como se ha visto.
La danza es entonces el elemento de identificación con la expresión indígena de
la religión católica mediante la cofradía, pero también es la expresión de sus
propias raíces africanas en un contexto nuevo.
En la cofradía de la comunidad
indígena participan, de manera jerárquica: un comisionado, un mayordomo de la
comunidad de San Francisco, una Madre Mayor, un representante de cada uno de
los barrios en los que ellos dividen la ciudad, son llamados cabezas de barrio
y corresponden a Santiago, el Espíritu Santo y San Pedro, además de vocales y
comuneros. La ejecución de la danza en honor al Niño Dios (o el Niño de la
Cofradía) supone una división de trabajo y responsabilidades entre la
comunidad, la cual se compone de: danzantes, provincia, mayordomo, malinches,
chichihuas o levantadoras, músicos y cueteros. “La cofradía de la comunidad
indígena funciona, sin aparentes cambios, como la describen los libros de la
hermandad desde la época colonial.” (Martínez: 2011. P 136).
Rasgos africanos existen en la
Comunidad Indígena de Jiquilpan. Al menos el trabajo de Jorge Amós Martinez nos
da luz sobre ellos y refuerza lo dicho anteriormente respecto de la
participación afrodescendiente en las cofradías jiquilpenses, pues “varios
miembros (…) son afrodescendientes, cuando menos en el fenotipo, como el Cabeza
de Santiago: Ignacio Figueroa, la Madre: Ignacio Figueroa, hijo, o la Cabeza de
Espíritu: José Luis Martínez y sus hijos” (ibíd. p 140)
La danza de negros en Jiquilpan
La danza en Jiquilpan estaba
ligada a la cofradía como práctica tradicional y que vincula al individuo con
su grupo social. Dicha tradición dancística se va aprehendiendo desde niño y va
adentrando a este en la vida comunitaria mediante una serie de actitudes y
nociones del cuerpo como herramienta ritual, pero además como herramienta
lúdica. De esta manera, la danza se va enseñando en dos aspectos que en la
práctica se complementan, pues juego y espiritualidad son ambos elementos de un
saber tradicional que moldea la cosmovisión del individuo y el grupo social al
cual está ligado.
El
pensamiento tradicional africano supone que mediante el cuerpo humano, que va
aprehendiendo y ejecutando la danza, se da la relación con el universo físico
(naturaleza) y con el universo espiritual. Pensamiento que difiere del europeo
cartesiano que ha separado cuerpo y alma, diluyendo generalmente su relación
intrínseca.
El periodo de arraigo de la danza
coincide con el momento en que los africanos ya componían una parte, aunque
minoritaria, de la sociedad en los viejos pueblos michoacanos. Aunque para el
caso de Jiquilpan, la danza fue en un principio de “moros y cristianos” es
preciso observar que “la coreografía actual nada tiene que ver con las morismas
que se bailan en otros lugares de México”. La danza de negros forma parte del
ciclo festivo ritual del pueblo y se relaciona, además, con otras festividades.
“el primero de noviembre se celebra el cambio de “mesa” de la comunidad
indígena de Jiquilpan” (Martínez: 2011. P 136). El cambio de mesa es un acto
ritual del que participa únicamente la comunidad indígena de Jiquilpan, en él
se comparte la comida, la bebida y la música. Es un acto de hermandad y comunión
entre dicha comunidad, de renovación de su fe, sus prácticas y su vínculo con
lo divino. La mesa es, además de un objeto físico sagrado que nadie, a
excepción del Pasionero, puede tocar, un espacio que designa imaginariamente a
todos aquellos miembros que detentan un cargo dentro de la comunidad.
Aunque cualquier persona puede
participar como danzante, los aspectos rituales de la danza son una apropiación
meramente de la comunidad indígena, se aprehenden, practican y transmiten de
una generación a otra, sufriendo algunas alteraciones según el contexto vaya
cambiando.
La
danza, al igual que el ciclo festivo ritual jiquilpense, es organizada por la
Comunidad Indígena, la mayoría de participantes en el baile son hijos de
comuneros (como se ha dicho antes, cualquier persona puede participar como
danzante). La interpretación que esta Comunidad hace de la danza es que “todo
aquél que cruzaba las tierras de la hacienda de Guaracha, sin ser miembro de
ella era castigado por los negros” (ibíd. p 154). De este modo se puede
interpretar que el área de danza o de “trabajar” representa a las tierras de la
hacienda de Guaracha, temidas por los indígenas de Jiquilpan. La indumentaria y
las actitudes de los danzantes se remiten a los negros mismos. Es, por lo tanto
una sátira, un juego, un enfrentamiento. Además, “Los “Negros” en la danza
saludan al amo blanco (representado por el Santo Niño) y castigan al “indio”
(los espectadores). A uno se inclinan y a otros chicotean” (ibíd.).
La
interpretación africana de la danza de los “negritos”, según Amós (2011), es en
base a una cosmovisión.
Dioses, hombres vivos y “no vivos” coexisten en un mismo espacio-tiempo, en el mismo pueblo existe un lugar para el descanso o para que residan los muertos: el panteón, se convierte en un depósito de los “no vivos”, a quienes el día 24 de diciembre, en la mañana, está permitido salir y tener contacto en el lugar ritual destinado para ello. Son representados por sus descendientes, aquellos con los que comparten el buzima y el muntu (la fuerza vital y el espíritu), según el pensamiento tradicional en lenguas bantú” (p 156-157)
La
iglesia colonial, sin embargo, impulsó una desmitificación que impuso lo
cristiano a lo africano. Entonces ya no se baila para la fuerza y el espíritu
sino que se baila para el Santo Niño que fue un elemento agregado por la
iglesia para, precisamente, esconder los rasgos africanos de la danza. Los
“Negros” danzan en ese espacio en el que coinciden ambos mundos (el de los vivos
y los “no vivos”) y, sin el Santo Niño, la enramada se convierte en una puerta
“mítica” hacia el universo, al cual se puede entrar y salir mediante el rito de
la persignación. Entonces la actitud de sumisión no es hacia el Santo Niño sino
hacia el universo mismo, dador de vida y de identidad. El espacio de la danza
es, durante el periodo de fiesta, donde se recrea año con año el mito. Aunque
el negro es un personaje indeseable para el indígena, este lo representa
mediante una máscara pues es el momento en que puede permitirse recrear sus
actitudes.
Por
todo esto es que es posible pensar en la danza desde dos mundos (el indígena y
el africano) que se complementan, se sincretizan y se convierten en identidad
para un grupo social. Más allá de todos los empeños de la iglesia por erradicar
un sinnúmero de festividades o, por lo menos, tergiversarlas. Algunas
tradiciones de han mantenido sostenidas de la comunidad, en ella encuentran su
espacio de expresión y reproducción y en ella descansa la historia centenaria
de la danza de los “Negros” en Jiquilpan, un pueblo michoacano.
Bibliografía
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Historia Cultural?, Buenos Aires, Paidós. P.p. 13- 33.
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¡Guache cocho! La construcción social del prejuicio sobre los terracalenteños
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¡Ese negro ni necesita máscara! Morelia, Michoacán: Facultad de Historia,
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Ochoa Serrano, Álvaro (2011).
Afrodescendientes (Sobre piel canela). Zamora, Michoacán: El Colegio de
Michoacán.



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