"Las artes marciales sugieren una forma de reintegrar nuestro cuerpo en el cosmos. No se trata de un combate, ni de una competición, sino de una disciplina interior a fin de regular la energía que anida en nosotros.
El ser humano está sometido al flujo y al reflujo, al yin y al yang, el paso continuo de uno a otro, y viceversa. Participa así en la unidad y la multiplicidad del mundo, que encierra todos los posibles, idéntico y, sin embargo, en perpetua transformación. Está sometido a ritmos que ordenan su vida cotidiana y que la danza procura transmitir: la actividad y el descanso, la absorción y la eliminación, la eclosión, la plenitud y la suerte. El hombre forma parte de ese orden universal. Y es lo que la danza debe celebrar en primer lugar.
La gota de agua que cae de ese árbol, allí en el jardín, va a modificar la hoja, que a su vez modificará un fragmento de molécula de oxígeno, que influirá en la respiración de un ser humano. Todo está imbricado, íntimamente ligado. Somos sólo transformación de instante en instante. Por ello es tan importante estar presente, sin divisiones ni divagaciones del espíritu, en cada uno de esos instantes y en cada una de nuestras acciones. La hoja más pequeña, la más ínfima gota de agua, son indispensables para el equilibrio del mundo. La danza debe integrarse en ese movimiento general."


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